Por padre Sergio Pérez de Arce, para Diario Crónica Chillán.
Un nuevo naufragio de inmigrantes ha ocurrido el miércoles pasado en el Mediterráneo. Un viejo pesquero partió de Libia a Italia, se estima con más de 500 personas. Las condiciones adversas lo hicieron naufragar en el mar de Grecia, rescatándose hasta ahora 104 personas vivas y 79 cadáveres, por lo que se estiman más de 300 desaparecidos, muchos de ellos niños y mujeres. Los medios han destacado poco la noticia, más preocupados del “pan y circo” de la semana. Increíble indiferencia de una sociedad que se construye de espaldas al dolor de los demás.
Detrás de este horroroso hecho, se revelan varias situaciones de nuestro mundo. Ante todo, la pobreza, la violencia y la falta de futuro que afecta a numerosos pueblos, que los hace buscar mejores horizontes incluso poniendo en riesgo sus vidas. Estos “viajeros” procedían de países como Egipto, Pakistán, Libia y Siria, lo que nos recuerda que no iban en el barco por turismo, sino huyendo de guerras y de falta de oportunidades.
Se revela también la existencia del tráfico de migrantes, por el que bandas criminales hacen negocio con la necesidad de quienes buscan emigrar, ofreciendo precarias condiciones para hacerlo. En este caso, un barco viejo, sobrepoblado, por el que había que pagar una alta suma de dinero, sin siquiera ser provistos de un mísero chaleco salvavidas. ¡Todo para el bolsillo de los traficantes y de los corruptos que ayudaron para que el barco zarpara!
Y se revela el inmovilismo y la cerrazón de la mayor parte de los países europeos para encontrar mejores soluciones al problema migratorio. Muchos prefieren “no hacer nada” o encerrarse en posturas defensivas, sin ofrecer políticas de solidaridad que abran una puerta legal a quienes buscan una vida más digna. Es legítimo que las sociedades tutelen los derechos de sus ciudadanos y regulen la migración, pero deben asegurar la asistencia a los migrantes y la existencia de vías reales que permitan ejercer el derecho al asilo, a la seguridad y a la integridad física. Quienes emigran son parte de nuestra humanidad, no menos humanos.
Todo esto se da también en América Latina: pueblos empobrecidos y violentados, tráfico de migrantes y sociedades cerradas que se repliegan en su indiferencia fría y prejuiciosa. La inmigración irregular crece cuando faltan vías legales. En el Chile de hoy faltan vías legales más expeditas. Quienes ya están en el país, aunque lleven años, no pueden regularizar acá, tienen que salir. Las tramitaciones, por otra parte, son virtuales, llenas de formularios impersonales, que claman por el rostro de algún funcionario que pueda dar una explicación u ofrecer una orientación. También entre nosotros hay inmigrantes abandonados a su suerte: ¿Dejaremos que naufraguen en una mar de incertidumbres y precariedades, sin tenderles una mano?







