Por Sergio Pérez de Arce A. Obispo de Chillán.
En estos días nos deseamos unos a otros un “feliz año nuevo”. Pero el deseo no basta, hay que ponerse en camino hacia la felicidad. He aquí algunas pistas.
- La felicidad no es una cuestión de suerte ni depende del destino. Tiene que ver, más bien, con ciertas actitudes y comportamientos que asumimos en la vida. En gran parte, depende de nosotros mismos, de cierto control que logramos ejercer sobre el entorno y los acontecimientos, dotándolos de sentido.
- La felicidad no es lo mismo que la diversión. A veces buscamos una entretención tras otra, nuevas experiencias cada vez más extraordinarias (como en las drogas), pero no terminamos de encontrar la felicidad. Creemos que para ser felices necesitamos más y más (bienes, éxito, viajes, etc.), y quizás necesitemos menos, aquello que es esencial.
- Las dificultades y dolores de la vida no son un impedimento para ser felices, aunque obviamente nos afectan. Hay muchas personas que, en medio de sufrimientos y pruebas, muestran paciencia y constancia en el bien. Un brote de luz puede permanecer incluso en medio de la oscuridad, permitiendo vivir una serena felicidad.
- Para la persona de fe, la felicidad está estrechamente unida a su experiencia del amor de Dios. Somos incondicional e infinitamente amados, Dios nos conoce por el propio nombre y nos tiene grabados en la palma de su mano (cf. Is 49, 16). Nada nos separa de este amor, manifestado en la entrega y la amistad de Jesucristo.
- Junto al amor de Dios, la felicidad se forja en el amor que compartimos con los demás, en el amar y el ser amados. Al contrario, si el amor está herido o encerrado en sí mismo, la felicidad se resiente. Estamos llamados a vivir cada momento presente colmándolo de amor, sabiendo que “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35).
- La auténtica felicidad no es solo “nuestra felicidad”, pues el amor verdadero se abre a todos. “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura” (Mt 6, 33), nos dice Jesús, lo que nos exige trabajar por una sociedad sin exclusiones. Nuestra misión en el mundo y en la Iglesia forma parte de nuestra comprensión de la felicidad.
- La felicidad va de la mano del buen humor, del espíritu positivo y esperanzado, y huye de la queja constante, que todo lo toma a mal y no ríe ni perdona. También huye de la melancolía, que nos paraliza en la tristeza y el resentimiento. Rumiar la desolación nos carcome el alma.
- La felicidad supone buscar la propia conversión, pues en la vida podemos aprender de nuestros errores. Somos buenos para exigir cambios a los demás y no ver las transformaciones que necesitamos. Si queremos ser más felices, las cosas que hacemos mal o a medias no las podemos seguir haciendo como siempre.
¡Feliz Año 2023!







