
Por Luis Flores Quintana, sacerdote diocesano.
El movimiento natural después de despertar es levantarse. No lo hacen los imposibilitados, los enfermos y aquellos que se acurrucan en la desidia pensando que no es tiempo todavía.
No sé si alguien entiende a cabalidad lo que nos ha sucedido como país en los últimos días; esto nos sorprendió y deja al descubierto cansancio y tristeza. La única palabra que ha sido un esbozo de consenso es: Chile despertó. Despertamos para darnos cuenta que estamos entre los diez peores países del mundo en el ranking de los que peor distribuyen su riqueza. Despertamos de un listado de injusticias, abusos, corrupciones y distancias entre nosotros mismos.
Nos enseñaron que la sociedad no existía, sólo éramos individuos y cada uno se pagaba sus estudios, financiaba su pensión y los medicamentos que necesitara, así la tarea era erigirse como el protagonista de la propia vida. Un culto al egoísmo. Despertamos, pero falta levantarnos. La despertada fue brusca, violenta y destructora. Ahora hay que levantarse y saber hacia dónde ir. Nos pasaba que dormidos, así como estábamos, no íbamos a ninguna parte. La crisis es grande, porque es crisis de rumbo, de sentido. Es crisis, entre otros factores, de vivir pensando que no vale la pena vivir, que todos nos defraudan, que ya no se puede confiar en nada ni en nadie y que aterroriza el futuro que dejamos a las nuevas generaciones. Por el contrario, una fuerte intuición permanece y renace para despertarnos, la vida es para vivirla y tiene que tener una dirección, no puede ser que corramos todo el día y todos los días, sin saber hacia donde vamos.
Cuando es tan grande el problema, cuando todos estamos afectados, es imposible no reconocer alguna responsabilidad. Los políticos, empresarios y autoridades, todos expertos en sociedad, no han sido capaces de entender lo que pasaba. En la Iglesia nos pasó lo mismo; tampoco en el último tiempo hemos sabido entender a los que verdaderamente sufrían, quienes, poco a poco, junto con distanciarse acumulaban rabia y malestar. Por eso, son un aporte las palabras de los obispos que, en la declaración del 24 de octubre nos invitan a “levantarse desde la humildad y la generosidad mediante un diálogo constructivo y mayoritario, propio de la democracia, dejando de lado toda violencia”. El despertar tiene un imperativo, levantarse y ponerse a trabajar.
Desde esa misma humildad que nos piden los obispos, invito a mirar a Jesús que, en el testimonio central de su vida se hizo cargo de nuestras debilidades, fue capaz de acoger a las muchedumbres necesitadas, de interpelar a las autoridades, de mantener siempre su libertad, de vivir con coherencia y nunca abandonar a los más pobres. Con ello nos señaló un camino y un sentido. Ese testimonio es una luz que nos puede ayudar en la crisis.







