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Custodiar la humanidad

08/06/2026
in Opinión
Columna de opinión 31-05-2026
Diario Cronica Chillan.

A lo largo de la historia, la ciencia y la tecnología han encontrado en autoridades religiosas cristianas y en parte de los creyentes no pocos críticos. Baste como ilustración el proceso contra Galileo Galilei y/o la forma de vida de muchos Amish que suelen rechazar los adelantos tecnológicos.

Recientemente, el Papa León ha publicado su primera encíclica con el título Magnifica Humanitas –Magnífica Humanidad—. Como su subtítulo lo indica, se trata de una reflexión acerca de “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificia”.

No demoniza la tecnología en general, ni la IA en particular, pero, desde el prisma de la Doctrina Social de la Iglesia, pone en guardia ante su potencial deshumanizador. De hecho, advierte que “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos…” (n. 1).

La primera opción se refiere a un desarrollo tecnológico, y específicamente de la IA, que intenta homogenizar a los seres humanos y a los pueblos, a fin de satisfacer los intereses de unos pocos que poseen los conocimientos que lo hacen posible, bajo consignas transhumanistas y posthumanistas, esto es, la progresiva superación de los límites humanos, precisamente gracias a la aplicaciòn de los resultados de dichos progresos en distintos contextos económicos y sociales: en definitiva la pretensión de una suerte de salvación intramundana, sin trascendencia.

En alternativa, el Papa postula un desarrollo tecnológico que no solo respete, sino también promueva la dignidad humana y, por lo mismo, persiga el bien común de “todo hombre y de todos los hombres”, de modo que los límites humanos sean oportunidades de participación y corresponsabilidad de “científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe” en el proceso de construcción de la “civilización del amor”, la “ciudad de Dios”, en la que cada uno asuma su parte y se integre en una obra compartida, “sinodal”, orientando la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, “la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último” (n. 10).

La valoración leonina de la IA navega orientada por fundamentos consolidados en la reflexión eclesial y su actualización con la ayuda de las ciencias humanas:

Los principios de la Doctrina social nos ayudan a leer esta nueva realidad. En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA. Hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio. Hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos. Hablar de justicia pide cuestionar las geografías del poder que definen quién puede programar los modelos y quién es sólo objeto de esa programación, y reconocer que la justicia social no es sólo un objetivo que hay que tutelar después de la adopción de las tecnologías, sino una condición que se debe poner en práctica desde su diseño (n. 109).

 

 + Andres Ferrada Moreira

Arzobispo – Obispo de San Bartolomé de Chilán

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