
Por Guillermo Stevens M.
Según datos disponibles en la plataforma del Servicio Jesuita a Migrantes (www.sjmchile.org), a diciembre último existían en nuestro país 1.251.225 personas extranjeras lo que corresponde al 6,6 % de la población del país, inferior, sin embargo al 9,8 % del promedio de la población migrante en los países de la OCDE, organización conocida como “el club de los países ricos”, entre los cuales desde el año 2010 Chile también forma parte. La proporción mayor (23 %) corresponde a venezolanos, seguidos por peruanos (18%), haitianos (14%) y colombianos (12%). En cuanto a la población migrante por región, la mayor es Tarapacá (16,9%) y la menor Bíobío (1,6 %). Ñuble tiene un 2,0%, es decir son casi diez mil personas nacidas fuera de nuestras fronteras que hoy están compartiendo con nosotros.
Se sabe que la migración no es un fenómeno nuevo, pues año a año migra, alrededor de un 2 % de la población mundial. Lo normal son las migraciones de carácter económico, pero muchas veces se dan por crisis, especialmente de carácter político. En el pasado, 11 de Septiembre mediante, Chile fue el beneficiado, así miles de compatriotas fueron recibidos por la solidaridad internacional. Hoy la situación se ha invertido, y ahora es Chile el receptor de extranjeros, particularmente de aquellos que huyen de sus crisis nacionales (Venezuela, Centroamérica), pues nuestro país ofrece una imagen de país tranquilo y ordenado. Es posible que en el caso haitiano, haya contribuido a esa buena idea la que transmitieron las tropas militares en misión de paz en esa nación entre los años 2004 a 2017 que lo mostraron como una país solidario que imaginaron como un resguardo de seguridad y de ayuda y con esa expectativa se atrevieron a viajar miles de kilómetros en condiciones mínimas y, muchas veces, peligrosas.
El problema se ha originado en lo abrupto del crecimiento de la población extranjera que ha buscado a Chile como su país de residencia. En 2002 eran 195.320 migrantes (1,2 % de la población total), en el censo de 2017 fueron 746.465 (4,4 % de la población) y ya se dijo, en diciembre más de un 1, 2 millones de personas. Ello ha provocado problemas muy serios que a nadie puede dejar indiferente. Las expectativas de trabajo que posibilita mejores condiciones de vida, no se han dado o al menos no con la prontitud y expedición que los movió a tomar su decisión de aventurarse a nuestro país.
El Papa Francisco, haciéndose eco de la situación de miles de personas africanas que con peligro de su vida, buscan arribar a Europa tras larga travesía en ínfimas condiciones, desde el inicio de su pontificado viene recordando a quienes más tienen sus responsabilidades y que para los cristianos son muy entrañables, pues nos recuerdan la imagen de la Sagrada Familia huyendo por su vida a un país extranjero. Así, en forma pedagógica ha relevado el quehacer a través de acciones secuenciales: acoger, proteger, promover e integrar, que constituye todo un programa de trabajo que deja a la inventiva de cada uno llevar a cabo, nuevamente según las responsabilidades que cada persona de buena voluntad, creyente o no, tenga en la sociedad.
En septiembre, en la proximidad de un nuevo aniversario de Chile como país independiente, tengamos el corazón ancho para recibir a quienes buscan mejores horizontes para sí y sus familias y que solo buscan trabajar para ayudar a construir ahora, para ellos, su segunda patria.
