Las parroquias Santísima Trinidad de Cachapoal y San Carlos celebran su fiesta patronal con la presencia del Obispo Andrés Ferrada Moreira.
Por primera vez en mucho tiempo, la fiesta de la Santísima Trinidad resuena con especial fuerza en la Diócesis de Chillán. No en uno, sino en dos lugares a la vez. No en dos comunidades cualquiera, sino en dos que comparten nombre, carisma y raíces, aunque las separen kilómetros y décadas de historia.
Hay que salir de San Carlos hacia el oriente, recorrer unos veinte kilómetros entre campos y cerros por la Ruta N-31, para llegar a Cachapoal: una localidad de poco más de 1.600 habitantes, rural, tranquila, que su propio párroco describe como “un lugar de paso”. Y sin embargo, en ese lugar de paso una parroquia con 79 años de historia, cinco comunidades rurales y un templo que hoy se llena cada domingo.
A pocos kilómetros, en el centro de San Carlos, el convento trinitario lleva más de un siglo como referencia espiritual de toda la región. Su iglesia fue construida en 1910. Sobrevivió al terremoto de 1939, al de 2010, y a todo lo que vino después. Hoy atiende 16 capillas rurales y una capilla urbana en un territorio que alguna vez se recorría a caballo.
Cachapoal
La historia de la Parroquia Santísima Trinidad de Cachapoal comienza, en rigor, mucho antes de que existiera como parroquia. En enero de 1933, los misioneros trinitarios ya llegaban hasta estas tierras desde San Carlos. El padre Rufino, cronista de la Orden, dejó escrita su sorpresa ante el recibimiento:
“No puedo olvidar el cariño y afecto de los cachapoalinos hacia los Trinitarios. Un arco con su correspondiente ¡Viva! para cada uno de los misioneros y la capilla provisional adornada con el escudo trinitario decían claramente que se nos daba entrada como si fuéramos de la familia.”
Doce años más tarde, en 1945, se bendijo formalmente la iglesia en el sector de Zemita. El terreno lo había donado la señora Inés Errázuriz. Así comenzó una forma de construir comunidad que se repetiría una y otra vez a lo largo de las décadas: terrenos donados por familias del lugar, maestros de la propia comunidad, y manos voluntarias que cargaron ladrillos y abrieron cimientos.
La capilla de San Francisco en Tres Esquinas, la Inmaculada Concepción en El Sauce, la Laurita Vicuña en El Carbón: cada una tiene su propia historia de generosidad. En 1963, las familias del sector El Sauce aportaron la alimentación durante toda la obra y los jóvenes pusieron la mano de obra. En 1993, don Raúl Ignacio Candía Aravena donó el terreno para el sector El Carbón. Así, comunidad tras comunidad, se fue tejiendo la geografía espiritual de este territorio.
Las personas que no aparecen en los libros de actas
Detrás de cada piedra colocada, de cada sacramento celebrado, hay nombres concretos. Dorca Uribe llegó a Cachapoal desde la cordillera, siguiendo los pasos del padre Pascual Costa, a quien ya conocía de allá. Llegó, se casó en esa iglesia, bautizó a sus hijos, hizo sus primeras comuniones y confirmaciones entre esas paredes. Cuando el padre le propuso trabajar en catequesis, ella dudó.
Él siempre fue una persona muy acercada recuerda Dorca. Me dijo que sí, que podía. Así que empecé en la catequesis. Y cosa que yo no tenía idea de hacer.
Dina Gutiérrez llegó por el mismo camino y guarda memorias casi idénticas: el padre Pascual que la casó, los sacramentos de sus hijos, cuarenta años de trabajo silencioso en la comunidad. Cuando se le pregunta qué rescata de esta parroquia, su respuesta es breve:
La acogida que hemos tenido, bueno, desde siempre. Con todos los sacerdotes que ha habido aquí. Nosotros tratamos de hacer lo que corresponde.
Estas dos mujeres representan algo que no aparece en ningún decreto: la transmisión viva de la fe entre vecinos, entre generaciones, entre personas que decidieron quedarse y construir.
San Carlos:
Los padres trinitarios llegaron a San Carlos en septiembre de 1903, invitados por el párroco local para ayudar a confesar. Venían de España y de Italia, enviados por el padre General de la Orden a petición del obispo de Concepción, Monseñor Plácido Labarca. Eran cinco. No sabían que estaban fundando algo que duraría más de un siglo.
Desde la “Casa Misión” de calle General Venegas —inaugurada en 1905 con apoyo del obispado y una donación de la señora Juana Ross de Eduards— comenzó un apostolado de doble frente: la ciudad y el campo. Las comunidades rurales del territorio, recorridas durante décadas en condiciones que el Protocolo del Convento califica de “casi heroicas”, se convirtieron en el corazón de la misión.
La dimensión social de esta parroquia viene directamente del carisma fundacional de la Orden: la redención de los cautivos, la liberación de quienes sufren, la cercanía con el más pobre. A lo largo del siglo pasado, la parroquia mantuvo un albergue, un comedor, una despensa y una ropería. El taller de carpintería “Jesús Nazareno” generó trabajo. La pastoral carcelaria ha acompañado de forma ininterrumpida a los internos del Centro de cumplimiento penitenciario. La Fundación Familia Trinitaria, creada en 2011, sigue canalizando hoy todas estas obras sociales.
San Carlos también fue seminario mayor trinitario durante 41 años —de 1916 a 1957— formando sacerdotes que luego ejercieron en Santiago, Buenos Aires y Lima. Mauricio Saldía, nacido en San Carlos en 1977 y ordenado sacerdote en el propio convento en 2006, es hoy vicario de los trinitarios en el Vicariato que cubre Argentina, Chile, Perú, Bolivia y Brasil.
Cuando el padre Raúl Muñoz llegó a Cachapoal en 2018, encontró un templo con escasa asistencia. No era un problema de fe, sino de confianza.
“El desafío más grande fue poder que la gente tuviera confianza nuevamente en los sacerdotes” explica. “Costó que retomara su hábito de venir a misa los domingos. Pero gracias a Dios, ahora se nos llena el templo. Y eso ha sido un trabajo de todos, porque todo depende de la acogida, de la cercanía que haya con el pastor y su feligresía”.
En San Carlos, el padre Joselito Álvarez, boliviano de nacimiento y párroco desde hace seis años, reconoce haber encontrado una situación similar. Hoy trabaja junto al padre Lucio Flores y el padre Ángel García, vicario parroquial. Sus desafíos actuales son reconstruir la pastoral juvenil, debilitada por la pandemia, y reforzar el acompañamiento a los adultos mayores que durante décadas sirvieron a la iglesia.
Hay mucha gente mayor que ha vivido su camino de fe, que ha servido a la iglesia reflexiona el padre Joselito. Creo que ahora necesita también que su parroquia esté cercana con ella.
El misterio que las une
Las dos parroquias llevan el mismo nombre no por coincidencia. La Orden Trinitaria tiene como propio que la mayoría de sus iglesias se titulan con el nombre de la Santísima Trinidad. Ese nombre no es solo una advocación: es un programa de vida comunitaria.
La Santísima Trinidad es un misterio, y nosotros también somos un misterio dice el padre Raúl Muñoz desde Cachapoal. Esta es una comunidad que se caracteriza en el compartir, en las celebraciones. Eso es nuestro sello.
Nuestro carisma es la redención de los cautivos y la glorificación a la Santísima Trinidad suma el padre Joselito desde San Carlos. Eso ha dado significatividad a esta comunidad durante más de un siglo.
