Por Hna. Marta García, para Diario Crónica Chillán.
“A los tres días había una Boda en Caná de Galilea, allí estaba María, y fueron también Jesús y sus discípulos”. Se quedaron sin vino, y Ella, la Madre de Jesús, sabiendo a quien se dirigía y quien tenía que confiar, a pesar de unas duras palabras que recibió de Él sin comprender, les dijo: “Hagan lo que Él les diga”. Y Él convirtió seis tinajas de cien litros en vino, un vino mejor. Y se fue después a Cafarnaún, y lo siguieron, María y los discípulos… porque creyeron.
Sí, Jesús andaba en una boda, en un banquete con música, vino, baile y mucha alegría porque era la celebración del amor. Y así, desde lo que enseña lo cotidiano de la vida, aprendió que la misma, el Reino de Dios, ha de ser como una fiesta de boda, con todo incluido, pero con la música y el baile que no vienen de fuera, sino que, naciendo de dentro, rebosando del corazón, como aquellas tinajas, hacen saltar a la vida en plenitud, a la felicidad.
Se celebra el amor, palabra desgastada en nuestro tiempo, a muchos a penas les suena a algo romántico, pero Jesús celebraba el amor del bueno. Y es que, en griego, el lenguaje de la Biblia, el del Nuevo Testamento, encontramos tres palabras para designar lo que nosotros encerramos en amor. Amor filial, es el que se da por obligación, el de los padres a los hijos, de ahí el nombre, aunque personalmente no entiendo que se ame a los hijos por obligación… Luego está el amor eros, es el amor de atracción, erótico, y finalmente el amor ágape, el que hace que uno mismo se parta y se reparta para entregarse a los demás. Éste es el que Jesús vivió y el que celebró, con el que estaba seguro de que la vida se convertiría en fiesta.
Y nos vamos acercando a la celebración de las fiestas patrias, pero en la situación que vivimos pareciera que no hay mucho lugar a la celebración, no se ven banderas, en los autos, ni en las casas, el ambiente creado por la crisis sanitaria, la política y la social, hacen que el “cuerpo no esté para fiestas”.
De golpe nos hemos dado cuento que lo material no sacia, que el consumismo sólo nos ha llevado a un rebrote, y ahora metidos en casa ¿y?… Hace falta un vino nuevo como el que trajo Jesús para alegrar el corazón del ser humano de verdad. Él es el verdadero novio que nos invita a la fiesta.
A pesar del pequeño “rifi-rafe” con su Madre, se dio cuenta de que había llegado su hora, la de comenzar su predicación y ministerio-servicio público, a todos sin distinción. Había que empezar a hacer de la vida una fiesta porque hay amor del que nos hace partirnos y repartirnos, con generosidad, hasta que sobre, igual que cuando se multiplicaron los panes. Y es que la gratuidad y la generosidad son signos de que Jesús está presente, de que se está realizando el Reino.
Y esta pandemia ha podido ser para nosotros un enfrentamiento con la dura realidad, una forma en la que la madre-naturaleza y la vida nos retan, nos regañan, ese pequeño enfrentamiento Madre-Hijo, para que, como Jesús, hagamos nuestro proceso y nos demos cuenta de que ha llegado nuestra hora. No la de que volvamos a la misma normalidad, no porque de normal no tenía nada, más bien tenía de habitual, que no es lo mismo. Es el tiempo de que reaccionemos como sociedad, como humanidad y como discípulos misioneros de Jesús que supo leer el significado profundo que tenían los hechos de la vida.
La crisis que estamos viviendo a todos los niveles, tiene que llevarnos a tomar conciencia de que tenemos que salir de esta situación, dando a luz a una nueva humanidad. Una humanidad que vive en fiesta porque entregando gratuita y generosamente, ha conseguido que a nadie le falte nada, ni derechos, ni una mano amiga que lo acompañe.
Ha llegado la invitación a la boda, al banquete que Jesús preside, y para el que no exige la fe previa, simplemente se entrega, para que veamos el signo, y que cada uno decida si se suma. Pasemos a celebrar la fiesta del amor que se parte y reparte y que hace llegar la nueva humanidad, éste no defrauda.





